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| Algunas
opiniones |
Soy
tu luz |
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Me
he permitido la licencia, esperando no caer en el envanecimiento,
de pedir a algunos amigos que escribieran algo sobre mí. Lo que
quisieran, siempre con el ruego explícito de que no
se limitaran a alagarme y a escribir las típicas retahílas
de virtudes, más propias de un reconocimiento póstumo.
Las publico tal cual me las enviaron. Espero que hayan sido
sinceros y si, en algún momento, son amables conmigo,
me eximo de toda responsabilidad. A medida que vaya recibiendo
más, las iré incorporando. Gracias.
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Un
hombre solitario, al que le gusta siempre estar rodeado
de gente. Un 'autista', así me define mi hermana
Mayte.
Un hombre que lo dice todo, pero en el momento más inoportuno
y de la manera menos adecuada, eso dicen mis mejores amigos.
Mis preferencias: el tabaco, la cerveza, el wisky y el silencio
cuando lo que escucho no me enseña nada.
Mis enemigos: el tabaco, la cerveza, el wisky y el silencio
siempre.
Mis amigos: pocos, pero escogidos. |
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Paco
Martín es un individuo raro. Raro, diccionario en
mano, significa “poco frecuente, poco común,
extravagante, extraordinario”. Y aún se podría
añadir “imprevisible, desconcertante, atípico,
singular”. De su voz y con su guitarra he escuchado
los boleros más viscerales, los más bellamente
interpretados, por sentimiento, por calidez, por amargura,
por intimidad, por desgarro. Una voz y una guitarra que han
entonado, también, y sin embargo, las coplas más
soeces, versiones tabernarias que burlan las madrugadas,
a menudo acompañadas de tacos, eructos y burlas que
retan la risa desinhibida de un público perplejo.
Porque desde la atalaya del “Medi”, escenario
barcelonés que ejerce de faro para náufragos
urbanos, Paco Martín provoca o enternece, sorprende
o confunde, pero siempre obliga a levantar la mirada de la
copa, por desafío o por seducción.
Raro, pues, como antónimo de vulgar. ¿Quién
es, en realidad, ese tipo? Blinda su emotividad con las mil caras
de un personaje construido por acumulación de alegrías
y sinsabores, de éxitos y fracasos, de tropiezos y remiendos,
de vida vivida. Un diablo que sabe más por diablo que por
viejo, un niño grande que gusta de levantar las faldas que
cuelgan de culos hermosos, un desabrochado de sonrisa elegante,
un canoso con tirachinas, un artista clandestino, un bohemio, un
enemigo de las convenciones, un loco que anda suelto.
No está de vuelta, aunque quiera parecerlo, y tiene más
camisas de las que aparenta. Confunde el sí con el no, se
tutea con Dios ante el espejo y deja siempre abierta la tapa del
retrete, adrede. Si no existiera sería imposible inventarlo.
Un amigo así, tan imprescindible, tan raro, sólo
podría parirlo él.
| Pere
Cullell - Febrer de 2004 |
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Paco
Martín (es un decir).
He llegado a la conclusión de que, a Paco Martín,
poco le puedo decir. En su presentación de si mismo
(yo, mi, me, conmigo, viva el alcohol y el tabaco) dice guardar
silencio cuando el que habla poco le enseña. Para serme
generoso, diré que, de los cinco años que hace
que le conozco, un 70% de las veces se ha mantenido en silencio
ante los inconexos y aburridos sonidos (eso debe pensar él)
que salen de mi boca. Bien, un 30% de éxito no está mal.
En cualquier caso, si este artículo pertenece al 70%
de las veces que Paco calla, porque yo aburro, pues ¡vale!,
puedo decir lo que me salga de los huevos. Si pertenece al
honroso 30% y Paco me comenta algo (bueno o malo), mejor, porque
significará que le he enseñado algo.
Para ser sinceros, empezaré con los agravios:
Paco no es un tipo fácil. A menudo, la simpatía
parece un privilegio de los imbéciles a su lado. Hosco,
esa es la palabra que me vino a la mente la primera vez que
hablé con él, pero luego la aparté de
mí: 'debe ser su hermano', me dije. 'No puede ser que
el hombre que se sube al escenario del Mediterráneo
(es un decir) y convoca en mi piel toda la electricidad de
mi cuerpo, sea el mismo que me seca el iris con esa mirada
de hielo, apoyado en la barra, dejándose ir a la deriva
en un vaso (es un decir) de whisky'. Pero sí, es el
mismo. El mismo que, con toda la franqueza de la que la especie
humana es capaz, te dice que no quiere hablar contigo o que
no le place tu presencia. Y ¿qué quieren que
les diga?, se agradece. Que uno puede ser un poco cabrón,
pero de frente. Paco tiene odios que nunca dice, es verdad,
pero tampoco los esconde.
Ahora lo importante:
Paco tiene una curiosa manera de amar: la del arte. Dicen que
cuando Dios creó al hombre, de cada cien especímenes
escogió a diez y les regaló (una condena, como
quien dice) un abismo inmenso, infinito. A uno de esos diez
le dio la capacidad para llenar ese abismo, para saltarlo,
para sobrevolarlo, para domarlo. A ese hombre, el mundo le
llama artista ( los otros nueve nos dedicamos al periodismo).
Bien, no sé si Paco lo sobrevuela con mucho éxito
o si pretende llenarlo a base de alcohol, pero si sé que,
cuando sube al escenario, se lanza sobre él con la profunda
convicción de que, si ejecuta esa canción como
sólo él puede, los pequeños o grandes
abismos que todos atesoramos ahí, muy adentro, se van
a ir llenando del sonido extraño al que llamamos esperanza.
Esa es su forma de amar. Nos colma el abismo. Vela nuestra
tristeza. Cabalga nuestro miedo. Somete nuestra angustia. Y,
luego, carga él sólo con el suyo. Se lo guarda.
Se lo traga. Y nunca lo dijiere; porque hay cosas que ni el
hombre domina.
Por eso, si Paco está en silencio, si Paco es soez,
si Paco te ofende, si Paco es uraño, piensa que ese
silencio, esa palabrota, esa ofensa, esa violencia en la mirada
y en la palabra, son tuyas, porque son la vendas sucias con
las que cura tus heridas. Paco es un poco cabrón, porque,
si no lo fuera, su arte seria mentira. Cuando uno comprende
eso, puede irse más o menos enfadado a casa, pero aprende
a custodiar las canciones y los momentos de intimidad compartida
con él, como un regalo de Dios a los que no fuimos escogidos
para ganar la batalla del abismo.
A la mierda, Paco... Y gracias.
| Jordi
Graupera i García-Milà |
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